Veinticuatro años de injusticia para Jaime Ayala Los rostros de la impunidad: Caso Matero  Veintitrés de la Masacre de Accomarca
Guadalupe Ccallocunto Olano PDF Imprimir E-Mail

ImageEl 10 de junio de 1990, una de las más importantes defensoras de las mujeres y niños durante la violencia interna en Ayacucho fue desaparecida por militares.

 

Testimonio de lucha, coraje y solidaridad...
A 17 años de su desaparición por agentes de las Fuerzas Armadas...

 

“Nosotros perdemos las esperanzas con este Gobierno pero la lucha de nuestro pueblo y de los familiares hace que nazca otra esperanza que nos hace sentir de pie (…) En muchas oportunidades ya me han amenazado, no puedo dejar a mi pueblo y ser indiferente a mi realidad y vivir de espaldas mientras ella se desangra. Yo creo que es mejor morir luchando y gritando la verdad, es de allí que tengo las esperanzas de que llegará la justicia y el castigo a los culpables (…)”.   Guadalupe Ccallocunto. 

 

A manera de introducción

 

Ante la ineficacia de las fuerzas policiales para contrarrestar el avance de Sendero Luminoso -organización subversiva que operaba en la sierra central del Perú- el 23 de Diciembre de 1983, el presidente de la República, Fernando Belaunde Terry, con anuencia del Congreso y apoyo de sectores políticos y la clase empresarial, autorizó el ingreso de las Fuerzas Armadas a las zonas declaradas en emergencia, lo que conllevó la puesta en marcha de toda una estrategia político-militar, dirigida desde el gobierno para contrarrestar el avance de la subversión, que trajo como consecuencia el mayor número de violaciones a los derechos humanos producidas en el Conflicto Armado Interno.

 

Las Fuerzas Armadas, erigidas en los Comandos Políticos Militares[2], no sólo implementaron una estrategia de "contra-terror", -inicialmente- en Ayacucho, escenario principal durante la primera década del conflicto, sino que, además, puso de manifiesto, los principales males endémicos de la sociedad peruana: exclusión, discriminación y desprecio a los ciudadanos de origen andino (quechua-hablante).

 

En ese sentido, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), ha señalado que el 75 por ciento de víctimas del conflicto interno eran de origen quechua-hablante, lo que explica -de cierto modo- la indiferencia y falta de solidaridad con las víctimas del conflicto interno y sus familiares, elementos que sumados a la ineficacia y complicidad del Estado, coadyuvaron a la consolidación de la impunidad.

 

Inicio de  una incansable travesía: en búsqueda de Verdad y Justicia y Lucha Contra la Impunidad.

 

Guadalupe Ccallocunto Olano:“(…) Es el ejemplo que mi esposo me dejó y enseñó a luchar no sólo por él, sino por los miles de desaparecidos y por todos aquellos asesinados. Si esto (la muerte) pasare conmigo, la lucha de nuestro pueblo seguirá adelante hasta encontrar justicia (…)”.     Guadalupe Ccallocunto.

 

En 1983, los ciudadanos de Ayacucho, se encontraban entre dos fuegos: por un lado Sendero Luminoso consolidaba su presencia en distintas zonas del departamento, ganando cierta adhesión de la población por el discurso reivindicativo que pregonaban; mientras, las Fuerzas Armadas, por su parte, iniciaban una represión indiscriminada contra la población civil, torturando, desapareciendo y asesinando a cualquier ciudadano que fuera sospechoso de colaborar, simpatizar o ser parte de Sendero Luminoso.

 

Por ese entonces, la guerra estaba declarada, y se llevaba a cabo en las zonas más pobres, atrasadas, marginadas y olvidadas del país. En ese contexto, Eladio Quispe Mendoza, un ciudadano ayacuchano de solo 36 años, con cuatro hijos y casado con Guadalupe Ccallocunto Olano, fue detenido un 15 de noviembre de 1983 por inmediaciones del Parque Sucre.

 

Sus captores fueron miembros de inteligencia del Ejército, que sin desparpajo y motivación alguna, lo condujeron al cuartel Los Cabitos de Ayacucho. Desde ese día, ninguno de sus familiares lo volvió a ver.

 

En ese entonces, Guadalupe solo tenía 23 años, y sumida en el dolor que le causaba la desaparición de su esposo tuvo que hacer frente a la soledad, indiferencia e injusticia, iniciando una búsqueda incansable para dar con el paradero de Eladio. En esa búsqueda se encontró con mujeres que al igual que a ella, le habían arrebatado a un ser querido: un hijo, un esposo, un padre. 

 

Junto a Antonia Zaga, Angélica Mendoza De Ascarza “Mamá Angélica” y otras valerosas mujeres ayacuchanas el 2 de noviembre de 1984 fundaron la Asociación Nacional de Familiares de Detenidos- Desaparecidos y Ejecutados- ANFASEP e iniciaron una incansable lucha por verdad y justicia con el lema “Vivos los llevaron vivos los queremos”.

 

En 1984, en Ayacucho, Guadalupe, al lado de todas las socias de ANFASEP realizaron la primera protesta (marcha) en contra de las violaciones a los derechos humanos que se cometían en aquellos años en el interior del País, acción en la que participó Adolfo Pérez Esquivel[3].

 

Esa protesta fue multitudinaria y atrajo la atención de la comunidad internacional. Sin embargo, al gobierno de turno y sectores sociales y empresariales poco le importaban los reclamos de los familiares de las víctimas que dejaba la cruenta guerra.

 

En tanto, los abusos, atropellos y violaciones a los derechos humanos no cesaban, sino, por el contrario, se iban incrementando de manera alarmante. Ante ello, Guadalupe, al lado del Padre Neptalí -quien años más tarde falleció a causa de un accidente automovilístico- y la señora Angélica Mendoza, viajaron por Europa llevando las voces de protesta y exigencia de todos los familiares para que cesen los abusos y violaciones que se cometían en contra del pueblo peruano.

 

Guadalupe Ccallocunto Olano:Durante su periplo, visitaron a todos los organismos internacionales para lograr que éstas intervengan en defensa de los derechos humanos y protección de la vida de los ciudadanos peruanos. Las denuncias que realizaron los familiares hicieron eco en diferentes partes del mundo. Diversos organismos internacionales mostraron su preocupación por la situación por la que atravesaba el Perú, particularmente en las zonas con presencia militar.[4]

 

Durante la década de los ochenta, Guadalupe, con ANFASEP y otras  organizaciones realizaron diversas acciones de protesta en contra de los gobiernos de turno, por los crímenes que las Fuerzas Armadas y policiales cometían en Ayacucho, como parte de una estrategia equívoca para contrarrestar la subversión.

Sin embargo, éste no era el único interés de Guadalupe, sino también, el hecho de que muchas familias se quedaron sin una fuente de ingresos económicos para mantener sus hogares, debido a que, en la mayoría de los casos, las principales víctimas de desaparición, ejecución y tortura, fueron varones.

 

Miles de madres no solo tenían que hacer frente a las injusticias y seguir en la lucha por la verdad y justicia, sino también, enfrentar la carga familiar y ser las “cabezas de familia”. En ese tránsito de asumir nuevos roles, se formó un  comedor para apoyar a los hogares que habían sido destruidos por la violencia y que, además, no contaban con recursos económicos suficientes para cubrir sus necesidades más elementales. La lucha y el compromiso asumido por Guadalupe y por todos los familiares que participaban en ella era ejemplar,  cada paso y cada grito de JUSTICIA era un grito de clamor y angustia al no saber nada de sus desaparecidos.

 

Guadalupe conoció a incontables personas en el transcurso de toda esta búsqueda, una de ellas, fue su compadre, padrino de sus cuatro menores hijos, el Sr. Louis De Benedette, a quien conoció en una celebración eucarística por la paz en la ciudad de Lima, a la cual, también asistió Adolfo Pérez Esquivel. La misa fue celebrada por el padre Neptalí Liceta. Este acto litúrgico promovido por el SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia) respaldaba la primera marcha realizada en la ciudad de Ayacucho por los “Desaparecidos”.

 

Junto con SERPAJ - Ayacucho, Guadalupe promovió la creación de un comedor y un taller artesanal, como una de las alternativas inmediatas a los problemas y demandas de los más necesitados. La solidaridad y la unión de los familiares no sólo fue para la búsqueda de Justicia, sino también, para afrontar los problemas individuales que tenían en común -la pobreza-  casi todas las familias de las víctimas.

 

Por ese entonces, Guadalupe ya sentía en carne propia la represión de los gobiernos de turno. Las amenazas en contra de su integridad personal comenzaron a llegar, debido a la tenaz lucha que había emprendido. Es así, que en mayo de 1986 fue detenida y llevada a la cárcel de Chorrillos por dos semanas. El 29 de julio de ese mismo año fue intervenida y trasladada a la fuerza, conjuntamente con un grupo de personas, a la cárcel de máxima seguridad de Canto Grande. Pese a que ese centro penitenciario era solo para varones, allí se encontraban 70 mujeres acusadas de terrorismo. Guadalupe dejó la cárcel el 9 de septiembre, tras permanecer detenida por 109 días.

 

En 1987, pese a que la persona que inicialmente la había acusado había fallecido y no existía otras pruebas que sustentaran los cargos de terrorismo, el proceso en su contra continuó. Guadalupe estaba tranquila, ella tenía la plena convicción de su inocencia, y se estaba demostrando que todo había sido una patraña por parte de la Policía, pues querían encarcelarla para alejarla de su lucha en pro de la justicia.

 

Guadalupe Ccallocunto Olano:Sin embargo, su tranquilidad no era absoluta, debido a que las violaciones a los derechos humanos continuaban y el pueblo peruano seguía sangrando. Con ello entendió que su trabajo no culminaría hasta que se ponga fin a estos abusos.

 

Pasaron meses y las cosas no iban bien. Las amenazas no cesaban y las hostilizaciones hacia sus amigos y compañeros de trabajo se intensificaban aún más. Su vida corría peligro. Fue detenida en varias oportunidades sin motivo alguno pero también liberada casi de inmediato debido a la falta de pruebas. Esto, al parecer, era señal que el gobierno estaba interesado en acallar su  voz de protesta y lucha. Pero como era obvio, estas acciones no acallaron los gritos de clamor por parte de Guadalupe ni de los demás familiares.

 

Al ver que no sólo peligraba su libertad sino también su vida, Guadalupe salió del Perú. En noviembre de 1988, ya se encontraba exiliada en Chile, pero el amor por su familia y su pueblo hizo que retornara en enero del año siguiente (1989). Mientras duró su exilió colaboró con SERPAJ – Chile.

 

En 1989, Guadalupe Ccallocunto vivía en Lima y trabajaba con organizaciones de mujeres, mientras en Ayacucho continuaban funcionando varios talleres impulsados por ella.

 

Por esos años, la inseguridad reinaba, no sólo en el interior del país, sino también en Lima. Constantemente se registraban batidas y en cualquier momento se detenía o asesinaba a una persona, ya sea a manos de militares, subversivos o por el comando Rodrigo Franco (de ultra derecha ligado al Apra) que constantemente amenazaba a dirigentes sindicales, barriales y luchadores sociales.

 

La situación era tan desesperante que muchos compatriotas comenzaron a emigrar a otros países, mientras la violencia y la pobreza se intensificaban durante el último tramo del gobierno aprista.

 

La  Trágica Desaparición de Guadalupe. El último adiós…

 

En 1990, Ayacucho se encontraba en estado de emergencia bajo el control político, militar y territorial del General Petronio Fernández Dávila, jefe del Comando Político Militar.

 

En enero de 1990, Guadalupe se encontraba enferma de tuberculosis. Su enfermedad no solo le alejaba de la lucha sino también de su familia. Guadalupe se preocupaba por la falta que le hacia su padre a sus hijos. Se sentía mal, porque sabía lo peligroso que era su enfermedad y lo que le pasaría a sus hijos y a la lucha sin su presencia. Sin embargo, no presagió que sería el terrorismo de estado y no su enfermedad quien la apartaría de sus hijos, familia, amigos, así como de su lucha (motor de su existencia, mas no así, su mal que la aquejaba).

 

Es por todo ello que Guadalupe empezó a analizar la posibilidad de llevarse a sus hijos a Lima y desde allí, continuar con su compromiso de lucha por la defensa de la vida para detener la barbarie que se cometía en todo el Perú. 

 

En junio decide regresar a Ayacucho, con las intenciones de sufragar y de llevarse consigo a sus cuatro menores hijos, quienes se encontraban hasta ese entonces, con su madre, la señora Silvia Olano viuda de Ccallocunto.

 

Guadalupe Ccallocunto Olano:El 9 de junio Guadalupe tuvo su última comunicación con Esteban Cuya, quien era el presidente del SERPAJ – Ayacucho. Ellos coordinaron sobre el último caso al que Guadalupe apoyó, se trataba de la detención y posterior desaparición del ciudadano Eladio Mancilla. Fue la esposa de la víctima quien acudió a su hogar para pedirle ayuda. Guadalupe junto a Cuya presentaron la denuncia respectiva.

 

Horas después, durante la noche, Guadalupe compartía con su familia, la limpieza de la casa de su madre, quien vivía con sus hijos y una de sus hermanas. Aquella madrugada del 10 de junio, a las 2:30 aproximadamente, un grupo de militares incursionó a su hogar e ingresó a la habitación de su hermana Rosa, quien dormía con sus hijos; y luego al dormitorio donde descansaba Guadalupe, al lado de sus dos hijas: Liz (12) y Nora de (8). Sus otros dos hijos: Álvaro (14) y Gonzalo (10) estaban en la parte superior de la cama. Al frente se encontraba su sobrina Paula García Ccallocunto, al lado de su señora madre.

 

Tras ingresar violentamente, los militares insultaron y tiraron al piso a Guadalupe, quien cayó al lado de la menor de sus hijas. Ante el gran alboroto, la familia entró en pánico. Guadalupe pidió que por lo menos se le permitiera vestirse porque ella aún se encontraba mal y esa noche llovía. Pero los insultos y golpes no cesaron e incluso aumentaron. El horror que se vivió esa noche jamás podrá ser olvidado por sus familiares. Los militares se la llevaron arrastrándola, entre gritos y golpes. Es una imagen que no se borra de la mente de sus hijos, quienes se quedaron en la total orfandad desde ese momento. Ese lamentable hecho será recordado por siempre, especialmente ahora, que se han cumplido 16 años de su desaparición.

 

Tránsito a la Verdad y la Justicia

 

Más de 20 años han pasado desde la desaparición de Eladio Quispe, esposo de Guadalupe, y tras infructuosas denuncias que realizó para dar con el paradero de su esposo, se ha llegado a confirmar hace más de un año -gracias a la publicación de Ricardo Uceda- que Eladio estuvo detenido en el cuartel Los Cabitos -sometido a torturas-; y que su cuerpo fue incinerado en 1985 con otros 300 restos en un horno construido en dicha base militar por orden del Jefe Político Militar de ese entonces Wilfredo Mori Orzo.

  

La desaparición de Eladio se encuentra en proceso judicial en Ayacucho, conjuntamente con 54 casos de violaciones a los derechos humanos perpetrados en 1983. Asimismo, altos oficiales están siendo procesados por estos crímenes. La familia de Eladio Quispe está a la espera que la Justicia sancione ejemplarmente a estos violadores de derechos humanos. El pueblo Ayacuchano, por su parte, demanda una reivindicación de la justicia y del Estado, que durante 20 años les dio la espalda.

 

Paralelamente, el caso de la desaparición de Guadalupe se encuentra en investigación preliminar en la Fiscalía de Derechos Humanos de Ayacucho. El Jefe Político Militar de ese entonces y su Estado Mayor deberán responder por la desaparición de Guadalupe, además de otros altos oficiales que están involucrados en el encubrimiento de estos hechos.

 

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[1] Estas líneas son en memoria de Guadalupe Ccallocunto Olano, por su dedicación en beneficio de los más pobres, excluidos y marginados de Ayacucho. Este artículo se une a las voces de protesta –aún- vigentes en la demanda de verdad y Justicia. El ejemplo de Guadalupe, así como de otros activistas y defensores de los derechos humanos sirve de inspiración para nuestra organización, que está comprometida en la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la impunidad iniciada hace más de 20 años.
 
[2] Los Comandos Políticos Militares eran la máxima autoridad en las zonas declaradas en emergencia. Estaban al mando de un Comandante General y eran nombrados directamente por el Presidente de la República.
 
[3] Premio Novel de la Paz y Director de SERPAJ.
 
[4] Amnistía Internacional envió una carta al presidente de la República de ese entonces, Belaunde Terry,  mostrándole su preocupación por las violaciones a los derechos humanos que se perpetraba en las zonas declaradas en emergencia, principalmente en Ayacucho: Frente a ello, Belaunde señaló ante los medios de comunicación que echaría al “tacho de basura”  el documento enviado por dicho organismo internacional.

 
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