Escrito por Pedro Curico Salas. Colaborador de ADEHR. Publicado: 20-10-2008
Accomarca. Para que no se repita
Son veintitres los años que han transcurrido de la masacre de Accomarca, y los familiares de las víctimas y los sobrevivientes de tan abominable crimen aún no tienen un real acceso a la justicia. Hasta el momento, apenas diez víctimas han sido plenamente identificadas en el marco de las investigaciones que realiza el Tercer Juzgado Supranacional sobre el caso. Y es que las malas condiciones en las que han sido encontrados los cuerpos de algunas víctimas y la difícil ubicación de las fosas comunes en las que fueron enterradas, no permiten a los forenses identificar con prontitud y en su totalidad a los setenta comuneros asesinados entre el 14 de agosto y el 13 de setiembre de 1985.




“De la casa yo veía que arrastraban a los hombres y a las mujeres, que se los llevaban, que los golpeaban, nosotros teníamos miedo, yo vi que mi mamá se fue a la pampa, ella pensó que con mis hermanitos no le iban hacer nada. Yo vi todo lo que pasó, fue triste, vi como disparaban a las personas dentro de las casas, escuche como bombas, luego se prendió fuego. Los militares empezaron a buscar a las personas que quedaron con vida, mi hermanito Gerardo al ver el humo salió corriendo, diciendo: “yo voy a morir con mi mamá”, entonces, los soldados, empezaron a dispararnos, el corrió hacia abajo para Lloccllapampa y yo para arriba, los soldados fueron tras mi hermano disparando, corrí desesperada, quería esconderme, (…) empezaron a dispararme, sentía como, las balas pasaban cerca de mi cuerpo, por mis brazos por mis pies, fue un momento horrible, yo no me explicaba que es lo que estaba pasando…”. (Testimonio de Teofila Ochoa Lizarbe).
Para las peruanas Teófila Ochoa y Cirila Pulido ver cara a cara al mayor retirado Telmo Hurtado, en traje de presidiario y con grilletes en los tobillos, ha sido lo más parecido a un acto de justicia. Veintidós años atrás, el militar dirigió la masacre de 69 civiles en el poblado de Accomarca, en la región andina meridional de Perú. Ochoa y Pulido, entonces niñas, lograron salvarse, pero no sus familias.
Gladys Marin, a 61-year-old in snug stonewashed jeans and a gold necklace bearing her name, chomps gum to the rumble of washers and dryers at Happy Family Coin Laundry. Her cropped sable locks flecked with gray, she describes the 15 years of neighborhood gossip she's heard while working in the tidy place on 73rd Street near Collins Avenue in Miami Beach.
El Perú se ha caracterizado desde la etapa republicana por los altos índices de discriminación y exclusión social hacia diversos sectores de nuestra población.