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Reparaciones: El monte de los dolientes PDF Imprimir E-Mail

Image· Sobre un cerro agreste de Huancayo vive una comunidad de refugiados de la guerra interna.
· Llegaron en oleadas desde varios lugares donde la muerte los persiguió.
· Durante años vivieron en abatimiento, pero un programa de salud mental los está despertando.

El monte de los dolientes es una cuesta de roca en la que ha crecido un pueblo. En sus laderas hay casas de adobe que se desperdigan sobre esa costra dura y fría, el último sitio donde alguien querría poner un hogar. El camino que lo conecta a la ciudad está asfaltado hasta donde es útil para el tránsito, pero se interrumpe cuando ya solo sirve a sus habitantes, que entonces deben subir por trochas polvorientas o trepan entre las rocas hacia las zonas altas. Si alguien indaga en la historia de los que viven allí, encontrará todos los dramas de un barrio de refugiados: gente que escapó de pueblos arrasados y vidas destrozadas y caminos oscurecidos y futuros agonizantes. Alguien diría que vinieron a formar una urbanización del desamparo.

"Este es un pueblo de víctimas", dice Milqueades Huamán, presidente comunal de Hualashuata y uno de sus habitantes más antiguos. Quiere decir que tiene vecinos llegados de Huancavelica, Ayacucho, Apurímac y las zonas altas de Huancayo. "Vinimos escapando de la guerra en nuestros pueblos y, como no teníamos adónde llegar, nos fuimos acomodando acá", explica.

Él mismo es parte de ese éxodo, porque en cierto momento de su vida, cuando era teniente gobernador de Salcahuasi, en Huancavelica, sintió la premonición de la muerte y decidió escapar. Los terroristas ya habían asesinado al alcalde y a otro teniente gobernador y él no quiso someterse a ese destino de sangre derramada.

ImageMilqueades llegó en los años 80, cuando el monte empezaba a poblarse de dolientes. Fue testigo entonces de ese letargo que invadió a muchos, esa apatía del sobreviviente que ha perdido media vida en el camino. "Antes no nos poníamos de acuerdo para nada. Cada quien veía por lo suyo. Así fue creciendo el pueblo y se formaron los barrios", cuenta. Hualashuata es uno de los ocho barrios que forman esa jurisdicción del desahucio. Y es el punto del despertar.

Barrio gris

El monte de los dolientes es un territorio cercano. Empieza a pocos metros de la pujante ciudad de Huancayo, tan llena de comercios y letreros brillantes, pero esta parte permanece a oscuras cuando cae la noche. Desde lo alto se puede ver los destellos casi cálidos del alumbrado público, como fogatas lejanas. La electricidad ha impuesto tenues luces entre las grietas del cerro, pero todavía está lejos de hacerla una zona iluminada. Y los otros servicios básicos apenas superan el nivel del heroísmo cotidiano. "Solo en ochenta casas tenemos nuestro cañito, el resto usa las piletas comunes", dice Milqueades. El agua, que baja de un reservorio alimentado de manantiales, debe alcanzar para 250 familias, que agrupan a unas 1.250 personas. Con todo, es un avance.

Ocurre que durante años estos barrios estuvieron postrados. "Vivían en condiciones muy precarias, con grandes riesgos sanitarios", dice Betty Astete, psicóloga del Centro de Atención Psicosocial (CAPS), una ONG que trabaja en un programa de salud mental para ayudar a la gente de la zona. En el tiempo de la depresión ni siquiera se preocupaban de habilitar un sistema de desagüe y tampoco había silos. Las enfermedades eran constantes, sobre todo en niños, que jugaban sobre focos infecciosos.

Cualquier iniciativa de mejora quedaba frustrada por la tensión entre los barrios. "Muchos tenían diferentes formas de pensar, hablaban diferentes quechuas y la comunicación era un poco difícil", reconoce con desgano Luis García, representante legal de San Cristóbal Centro, otro de los sectores del monte. La situación era tan difícil que -según recuerdan otros pobladores- los niños de un barrio no podían pasar a otro barrio sin que sus padres los reprendieran.

Fue en ese panorama que el CAPS empezó a trabajar como parte del proyecto de Apoyo a las Víctimas de Tortura de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid). A inicios del 2004, un equipo de terapeutas entró en contacto con los pobladores y les ofreció asistencia para superar lo que no podían ver por sí mismos. "La violencia política que los había llevado hasta allí se manifestaba en violencia familiar y esta, en actitudes violentas de los niños", recuerda Jorge Ramos, miembro del equipo de trabajo.

ImageLa propuesta inicial consistió en talleres de psicoterapia para adultos y para niños por separado. Aunque hubo acogida inicial, los padres perdieron pronto el interés. "Estaban acostumbrados a recibir algo y pensaban que no se los estábamos ofreciendo", recuerda Ramos. En cierto momento la situación fue insostenible y los terapeutas se concentraron en los niños. Fue un acierto: ellos asimilaron las nociones sobre sus derechos y las transmitieron en sus casas. Poco después, varias madres se ofrecieron a participar.

"Ahora sabemos lo que es salud mental: estar en armonía con nuestras familias, con nuestros vecinos", afirma Judith Jáuregui, una de las 14 promotoras de salud que reciben charlas o talleres y difunden lo que aprenden en Hualashuata y los barrios cercanos. El cambio ha sido notorio. "Antes había violencia familiar, directa o psicológica. Ahora conversamos bastante en mi casa", comenta.

Otra promotora, Leoncia Flores, recuerda que hasta hace un tiempo su casa era un espacio de discusiones, pero ahora sabe manejar los problemas con su esposo y sus seis hijos. Asimismo, Lidia Chávez, que escapó de la selva de La Merced infestada por el MRTA, se siente compensada: "Se sufre acá, pero la vida es más tranquila".

Herencia dolorosa

Los rezagos del miedo han empezado a diluirse. Alguna vez, los terapeutas quedaron impresionados con un taller en el cual los niños debían representar una danza y lo que hicieron fue presentar una en la que los personajes eran terroristas y víctimas. "Era la transmisión generacional de la violencia", recuerda Jorge Ramos.

Ahora, el nuevo aire permite el optimismo de niños como Roxana Quinto, una promotora de 13 años que conoce el origen lastimado de su pueblo y colabora ayudando a los más pequeños. Y permite el entusiasmo de Estefany Marmanillo, de la misma edad, quien incluso ha escrito un cuento sobre el origen mítico de su pueblo. La historia se la contó su abuela: "Este lugar estaba despoblado y en algún momento fue poblado por personas de otros lugares quienes no tenían adónde ir debido a problemas de la violencia política", dice el relato. En una quebrada del lugar encontraron a dos hombres amarrados.

"Hualarsh" significa 'joven' y 'huata', 'atado'", asevera. Debe ser una referencia a las durezas del pasado. Que las cuente ahora es sólo un epitafio para esas ataduras.

Publicado el lunes 04 de junio de 2007, en diario El Comercio de Perú.

 
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